28 de agosto de 2014

EL GRAN GOBIERNO


Así se titula una obra de hace tres décadas de política comparada de programas gubernamentales y relaciones inter e intragubernamentales. La obra, a pesar de su tiempo, que en el caso de los libros no es un recurso muy útil para precisar su utilidad, arroja vastas notas concluyentes sobre aspectos y áreas fundamentales de los gobiernos. Nos serviremos para compartir algunas notas concluyentes que son pertinentes y sugerentes para el contexto actual de la clase gubernamental y de la ciudadanía.

El tamaño: la toma de roles por parte de gobiernos en esferas cada vez más individuales es advertido como una acción que va en detrimento de la posibilidad de resultados eficientes. Lo cierto es que hay gobiernos grandes eficientes y gobiernos pequeños ineficientes. La rivalidad de la eficacia gubernamental no está reñida con el tamaño de los gobiernos. Todos los gobiernos grandes no son malos, y todo gobierno pequeño no es necesariamente bueno. Ya lo advertía Dahl y Tufte en 1974: “No existe un tamaño óptimo para un sistema político”.

La eficacia: los gobiernos están obligados a ser eficaces. La eficacia no es el tránsito de una gestión ni debe ser una política comunicacional. El estudio comparado confirma que la eficacia amenaza los gobiernos cuando en estos: existen limitaciones en la movilización de los recursos; hay profundas complejidades organizativas y donde habitan las contradicciones de los programas que se implementan. Además, la eficacia -desde la misma óptica de este estudio comparado- la garantizan fundamentalmente la autoridad política y la confianza. El éxito de la eficacia gubernamental está interrelacionada con la confianza y la legitimidad y capacidad de la autoridad política. Si un Gobierno quiere ser eficiente, debe promover confianza y en él debe existir autoridad política.

Los consensos: el consenso interno pleno de una clase gubernamental deja de existir cuando la victoria de un grupo significa la derrota inaceptable para el otro. De lo contrario, cuando hay victorias parciales para todos los grupos, la ruptura de consensos internos es muy improbable. Desde la otra cara de la moneda, la creencia de que el consenso popular depende en gran medida de los recursos materiales que brinda el Gobierno, no es del todo cierto. El consentimiento popular lo poseían Estados que no eran benefactores desde antes de 1945. Continuamos en una segunda parte.

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