La transición real que vive Venezuela transcurre desde 1998, cuando el sujeto político civil edificado desde 1958 no ha sabido adaptarse a un entorno que los desnaturaliza
A 15 meses de un nuevo gobierno, plantear una transición política, principalmente por el impacto de políticas económicas que no han sido efectivas para abatir la inflación e incrementar la productividad, es un hecho políticamente irresponsable. No por la propuesta en sí, sino por la falta de sentido común. Es irresponsable porque, si ese escenario se diese, la transición serviría no a un cambio de gobierno, sino a un cambio en el mismo gobierno, entre la misma clase gobernante. Una transición política serviría a un cambio intergubernamental, y no es difícil entender que este escenario, para quienes lo aspiran, no responde a sus expectativas, es manifiesto que no quieren un cambio en el Gobierno, tampoco aparentemente un gobierno de cambios, sino un simple cambio de gobierno. Es irresponsable, porque el poderío político, económico, comunicacional y electoral es subóptimo e intangible hasta la fecha para forzar un hecho como este desde sus auspiciantes.
El país devela una profunda tensión intragubernamental que coloca por encima de su supervivencia política, de su legitimidad en el estadio del poder, un pragmatismo desideologizado. Hecho este que, parafraseando a Mao, responde a algo urgente que en últimos términos puede atentar contra los que algunos consideran necesario. El reto de dar a entender para mantener la adherencia de quienes consideran que lo urgente atenta contra lo necesario dependerá en gran medida del presidente Maduro. El desafío político y comunicacional próximo es el de poder explicar que se ha dejado de ser para poder estar. Por ello, entre otras razones, la transición, la silenciosa, para quienes quieren hallarla, la preparan esos grupos económicos que construyen una hegemonía comunicacional que resulta fundamental para la consolidación de aquella hegemonía política que Chávez en varias ocasiones públicas afirmaba como deseo y que indefectiblemente está reñida con la democracia.
El país devela una profunda tensión intragubernamental que coloca por encima de su supervivencia política, de su legitimidad en el estadio del poder, un pragmatismo desideologizado. Hecho este que, parafraseando a Mao, responde a algo urgente que en últimos términos puede atentar contra los que algunos consideran necesario. El reto de dar a entender para mantener la adherencia de quienes consideran que lo urgente atenta contra lo necesario dependerá en gran medida del presidente Maduro. El desafío político y comunicacional próximo es el de poder explicar que se ha dejado de ser para poder estar. Por ello, entre otras razones, la transición, la silenciosa, para quienes quieren hallarla, la preparan esos grupos económicos que construyen una hegemonía comunicacional que resulta fundamental para la consolidación de aquella hegemonía política que Chávez en varias ocasiones públicas afirmaba como deseo y que indefectiblemente está reñida con la democracia.
La transición real que vive Venezuela transcurre desde 1998, cuando el sujeto político civil edificado desde 1958 no ha sabido adaptarse a un entorno que los desnaturaliza; cuando la sociedad civil ha venido forjando su supervivencia cediendo su autonomía, y cuando la ciudadanía ha revitalizado un sujeto político que lo lleva en sus entrañas históricas. La transición real es una transfiguración sistémica.
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