17 de junio de 2012

DESAFECCIÓN SIN SENTIDO PERO CON RAZÓN: PARTIDOS POLÍTICOS Y CRISIS

Por Nelson Villavicencio Chitty




 
   La ciencia política ha sido muy cuestionada por su poca predictibilidad –rasgos de cualquier ciencia-. No obstante, si hay algo que de ella no ha sido así, y que ha adquirido hasta dimensiones proféticas, es la llamada ley de hierro de la oligarquía de Robert Michels. Hace más de 100 años, este autor aseveraba que los líderes de los partidos políticos y las organizaciones tendían inevitablemente a la retención del poder, por lo que, tanto en democracia como en autocracia, siempre gobernará una minoría. Era una respuesta de la naturaleza humana hacia la naturaleza política este tipo de comportamiento. Algunas de sus hipótesis eran: Mientras más grande sea un partido político u organización, más necesitara ésta de un líder fuerte que la conduzca y lleve adelante; otra era, que el dilema democracia versus eficiencia solo es posible solucionarlo en detrimento de la democracia interna, y por último, que el comportamiento de las masas hace inevitable el culto al líder.

   Claro está, ya no hablamos de masas, sino de una sociedad de la hiperinformación, que los partidos han avanzado en prácticas democratizadoras internas por medio de la generación de espacios de participación, que las organizaciones se han flexibilizado y avanzado en la horizontalidad de las decisiones. Pero a pesar de todo ello, no ha sido suficiente. Los partidos políticos, los príncipes de nuevo cuño de este siglo, siguen siendo rígidos, poco descentralizados, y oligárquicos.

   En un estudio de Latinobarómetro del año 2011, ante la pregunta de si los latinoamericanos votarían por un partido político, un 48% respondió negativamente. Frente al mismo tema, y ante la pregunta si se sienten cercanos a un partido político, apenas un 46% en promedio dijeron sentirse cercanos. Republica Dominicana y Uruguay aparecen como los países donde las personas dicen sentirse cercana a los partidos políticos, con un 69% y 63% respectivamente. Mientras que Brasil y Bolivia son los que aparecen en el rango inferior con un 28% y 24 % respectivamente. En relación a Centroamérica, apenas un promedio del 36% de sus ciudadanos se siente cercano a algún partido político.

   Cruzando el atlántico la percepción no cambia mucho. Un estudio del año 2010 titulado European Mindset señala como en 12  países de la Unión Europea el porcentaje de personas que pertenece a algún partido político no supera el 10.1%, siendo éste el caso de Dinamarca. En el mismo estudio, se muestra que los políticos es la categoría profesional que inspira menos confianza con apenas un 3,4 %, y a su vez, los partidos políticos son las instituciones que generan menos confianza con un 3,8%.

   La desafección ciudadana hacia los partidos políticos por parte de los Latinoamericanos y Europeos es una realidad. Esto necesariamente nos debe invitar a buscar fórmulas, incentivos y acciones concretas que vayan en función de recuperar la credibilidad, confianza y simpatía de los ciudadanos hacia los partidos políticos. Es recurrente escuchar que sin partidos políticos democráticos, no tendremos Democracias estables. España, y otros Países, parecen ser una excepción a tal afirmación. En España, la selección de los candidatos no es a través de un proceso primario y democrático, es por medio de listas cerradas. Pareciera que aquella afirmación es un cliché y que todo depende del régimen político y el rol que se le brinde a cada actor, pero en todo caso lo cierto es, que los partidos políticos son las máquinas que proveen las opciones políticas que la ciudadanía tiene a bien a escoger, y es aquí donde recae la importancia fundamental de los mismos para la democracia, y de la necesaria democracia para ellos, sin importar el régimen político – Presidencial, Parlamentario, Mixto- donde actúen. La calidad del liderazgo político debe ser el resultado de un proceso de maduración y formación democrática.

   Si los resultados de los partidos políticos son la expresión de acciones más democráticas, de mayor consenso, estamos seguros que esto procurara en su propio fortalecimiento institucional y brindara mayor cohesión y estabilidad a los mismos, y por ende, mejorara el entorno del sistema de partidos.


Culpas ajenas


   La inseguridad ciudadana y los problemas con la distribución del crecimiento económico, son las afecciones que tienen mayor efecto sobre la credibilidad ciudadana en la Democracia. Las fallas de la Democracia no tienen relación directa sobre su propia concepción ulterior – distribución y equilibrio del poder- sino más bien, en los procedimientos institucionales, en su misma capacidad de responder ante las nuevas demandas que se generan y, que de una u otra forma, se imponen en este nuevo siglo.

   La democracia no es inmóvil al progreso de la humanidad, aquella ha tenido con el pasar de los tiempos la obligación de asegurarse la posibilidad y la necesidad, de brindarle a la ciudadanía lo que el progreso lineal nos ha tenido a bien a exigir a los representantes y al resuelto del pacto político; más educación, más empleo, en fin, mejor calidad de vida. La crisis de la credibilidad ciudadana hacia la Democracia no es otra, que la crisis de la dificultad institucional democrática en resolver las demandas impuestas con el pasar de los tiempos al sistema democrático desde la misma ciudadanía. El progreso de la humanidad en su apariencia inacabada, lineal e infinita, ha hecho de la Democracia un sistema de constante inadaptabilidad, llevándolo a contrariarse a si mismo.

   Frente a esto, la primera pregunta que se nos viene es: ¿Es la Democracia con todas estas transformaciones la forma más óptima de vida en este siglo? Ó más bien, ¿Es culpable la Democracia como sistema de los señalamientos que se le hacen? Sabemos que la responsabilidad en la materialización y distribución de los derechos socio-económicos alcanzados ha dificultado la legitimidad de la Democracia. El Estado de bienestar ha venido a dificultar la ciudadanía, al mismo tiempo que la ha ampliado otorgándole nuevos derechos. La Democracia esta obligada para avanzar en la recuperación de su legitimidad, en servir óptimamente como generadora de bienestar ciudadano.

   El Estado de Bienestar transformo la visión ciudadana de la Democracia. Si, es difícil aceptarlo, pero la economía parece haberle ganado la batalla a la política en este sentido. La Democracia esta ineludiblemente obligada a servir cada vez más como un sistema que genere bienestar social, que como un sistema que procure la igualdad política. Los ciudadanos comenzarán a creer más en la democracia si viven mejor, sin importar si su voto es porcentualmente menor, o si las minorías no tienen la representación necesaria, o si el presidencialismo es malo. Esto es una realidad.

   Pero la historia no se acaba aquí. El Estado de Bienestar, como la Democracia, no es inmóvil. El aprovisionamiento de los derechos sociales alcanzado en este último siglo ha generado severas dudas sobre la sostenibilidad de estos. La ciudadanía no entiende que todo cuesta, y que cuesta más, si cada vez somos más, y además, si cada vez somos menos los que trabajamos y que son más los que no pueden trabajar.  El Estado de Bienestar ha venido a configurar una ciudadanía más receptiva que proactiva, la colectivización de los derechos ha apaciguado la noción ciudadanía.

   Frente a este escenario, las causas no pueden hallarse en la política y mucho menos en la Democracia. Es un asunto de naturaleza estrictamente económico. Es por ello que afirmamos desde el inicio, que la salida al descrédito de la Democracia no puede ser buscada en lo económico, sino en lo político. ¿Qué queremos y pretendemos con esto?  Resaltar la esfera política, independientemente de los efectos negativos de la economía. A eso llamamos repolitizar la política. Queremos repolitizar la sociedad porque aspiramos hacer ver a través de ella misma, que la legitimidad cuestionada del sistema democrático no ha sido originada por fallas imperfectas per se del mismo sistema, sino más bien, por la irresolución de algunas de sus instituciones en adaptarse a las demandas originadas por la globalización.

   Se deben generar valores en defensa de la política desde la política misma. Si la Democracia puede hallar en si misma instrumentos y acciones que contribuyan en su fortalecimiento, estaremos evitando que los efectos de otros actores o de otra naturaleza, permeen su sostenibilidad y se le atañen como resultados deficiente de aquella.

   Latinoamérica necesita avanzar en el fortalecimiento de sus instituciones democráticas. La herencia insuperada con el pasar de los siglos, producto de las bases débiles de la constitución de nuestras Repúblicas, aunado al aparecimiento de nuevos nacionalismos-populistas fundamentados en reconocimientos verídicos de grupos sociales excluidos, nos invita inexpugnablemente a fortalecer el sistema democrático a través de la generación de la confianza de los ciudadanos en las instituciones. A mayor medida que los ciudadanos puedan creer en el sistema democrático y sus instituciones, en menor medida se inclinarán por opciones que se coloquen por encima de la Libertad.



No hay comentarios:

Publicar un comentario