Por Nelson Villavicencio Chitty
La ciencia política ha sido muy cuestionada
por su poca predictibilidad –rasgos de cualquier ciencia-. No obstante, si hay
algo que de ella no ha sido así, y que ha adquirido hasta dimensiones
proféticas, es la llamada ley de hierro
de la oligarquía de Robert Michels. Hace más de 100 años, este autor
aseveraba que los líderes de los partidos políticos y las organizaciones
tendían inevitablemente a la retención del poder, por lo que, tanto en
democracia como en autocracia, siempre gobernará una minoría. Era una respuesta
de la naturaleza humana hacia la naturaleza política este tipo de
comportamiento. Algunas de sus hipótesis eran: Mientras más grande sea un
partido político u organización, más necesitara ésta de un líder fuerte que la
conduzca y lleve adelante; otra era, que el dilema democracia versus eficiencia
solo es posible solucionarlo en detrimento de la democracia interna, y por
último, que el comportamiento de las masas hace inevitable el culto al líder.
Claro está, ya no hablamos de masas, sino de
una sociedad de la hiperinformación,
que los partidos han avanzado en prácticas democratizadoras internas por medio
de la generación de espacios de participación, que las organizaciones se han
flexibilizado y avanzado en la horizontalidad de las decisiones. Pero a pesar
de todo ello, no ha sido suficiente. Los partidos políticos, los príncipes de nuevo cuño de este
siglo, siguen siendo rígidos, poco descentralizados, y oligárquicos.
En un estudio de Latinobarómetro del año
2011, ante la pregunta de si los latinoamericanos votarían por un partido
político, un 48% respondió negativamente. Frente al mismo tema, y ante la
pregunta si se sienten cercanos a un partido político, apenas un 46% en
promedio dijeron sentirse cercanos. Republica Dominicana y Uruguay aparecen
como los países donde las personas dicen sentirse cercana a los partidos
políticos, con un 69% y 63% respectivamente. Mientras que Brasil y Bolivia son
los que aparecen en el rango inferior con un 28% y 24 % respectivamente. En
relación a Centroamérica, apenas un promedio del 36% de sus ciudadanos se
siente cercano a algún partido político.
Cruzando el atlántico la percepción no
cambia mucho. Un estudio del año 2010 titulado European Mindset señala como en 12
países de la Unión Europea el porcentaje de personas que pertenece a
algún partido político no supera el 10.1%, siendo éste el caso de Dinamarca. En
el mismo estudio, se muestra que los políticos es la categoría profesional que
inspira menos confianza con apenas un 3,4 %, y a su vez, los partidos políticos
son las instituciones que generan menos confianza con un 3,8%.
La desafección ciudadana hacia los partidos
políticos por parte de los Latinoamericanos y Europeos es una realidad. Esto
necesariamente nos debe invitar a buscar fórmulas, incentivos y acciones
concretas que vayan en función de recuperar la credibilidad, confianza y
simpatía de los ciudadanos hacia los partidos políticos. Es recurrente escuchar
que sin partidos políticos democráticos, no tendremos Democracias estables.
España, y otros Países, parecen ser una excepción a tal afirmación. En España,
la selección de los candidatos no es a través de un proceso primario y
democrático, es por medio de listas cerradas. Pareciera que aquella afirmación es
un cliché y que todo depende del
régimen político y el rol que se le brinde a cada actor, pero en todo caso lo
cierto es, que los partidos políticos son las máquinas que proveen las opciones
políticas que la ciudadanía tiene a bien a escoger, y es aquí donde recae la
importancia fundamental de los mismos para la democracia, y de la necesaria
democracia para ellos, sin importar el régimen político – Presidencial,
Parlamentario, Mixto- donde actúen. La calidad
del liderazgo político debe ser el resultado de un proceso de maduración y
formación democrática.
Si los resultados de los partidos políticos
son la expresión de acciones más democráticas, de mayor consenso, estamos
seguros que esto procurara en su propio fortalecimiento institucional y
brindara mayor cohesión y estabilidad a los mismos, y por ende, mejorara el
entorno del sistema de partidos.
Culpas ajenas
La inseguridad ciudadana y los
problemas con la distribución del crecimiento económico, son las afecciones que
tienen mayor efecto sobre la credibilidad ciudadana en la Democracia. Las
fallas de la Democracia no tienen relación directa sobre su propia concepción
ulterior – distribución y equilibrio del poder- sino más bien, en los
procedimientos institucionales, en su misma capacidad de responder ante las nuevas
demandas que se generan y, que de una u otra forma, se imponen en este nuevo
siglo.
La democracia no es inmóvil al progreso de
la humanidad, aquella ha tenido con el pasar de los tiempos la obligación de
asegurarse la posibilidad y la necesidad, de brindarle a la ciudadanía lo que
el progreso lineal nos ha tenido a bien a exigir a los representantes y al
resuelto del pacto político; más educación, más empleo, en fin, mejor calidad
de vida. La crisis de la credibilidad ciudadana hacia la Democracia no es otra,
que la crisis de la dificultad institucional democrática en resolver las
demandas impuestas con el pasar de los tiempos al sistema democrático desde la
misma ciudadanía. El progreso de la humanidad en su apariencia inacabada,
lineal e infinita, ha hecho de la Democracia un sistema de constante
inadaptabilidad, llevándolo a contrariarse a si mismo.
Frente a esto, la primera pregunta que se
nos viene es: ¿Es la Democracia con todas estas transformaciones la forma más óptima de vida en este siglo?
Ó más bien, ¿Es culpable la Democracia como sistema de los señalamientos que se
le hacen? Sabemos que la responsabilidad en la materialización y distribución
de los derechos socio-económicos alcanzados ha dificultado la legitimidad de la
Democracia. El Estado de bienestar ha venido a dificultar la ciudadanía, al
mismo tiempo que la ha ampliado otorgándole nuevos derechos. La Democracia esta
obligada para avanzar en la recuperación de su legitimidad, en servir
óptimamente como generadora de bienestar ciudadano.
El Estado de Bienestar transformo la visión
ciudadana de la Democracia. Si, es difícil aceptarlo, pero la economía parece
haberle ganado la batalla a la política en este sentido. La Democracia esta
ineludiblemente obligada a servir cada vez más como un sistema que genere
bienestar social, que como un sistema que procure la igualdad política. Los
ciudadanos comenzarán a creer más en la democracia si viven mejor, sin importar
si su voto es porcentualmente menor, o si las minorías no tienen la
representación necesaria, o si el presidencialismo es malo. Esto es una
realidad.
Pero la historia no se acaba aquí. El Estado
de Bienestar, como la Democracia, no es inmóvil. El aprovisionamiento de los
derechos sociales alcanzado en este último siglo ha generado severas dudas
sobre la sostenibilidad de estos. La ciudadanía no entiende que todo cuesta, y
que cuesta más, si cada vez somos más, y además, si cada vez somos menos los
que trabajamos y que son más los que no pueden trabajar. El Estado de Bienestar ha venido a configurar
una ciudadanía más receptiva que proactiva, la colectivización de los derechos
ha apaciguado la noción ciudadanía.
Frente a este escenario, las causas no
pueden hallarse en la política y mucho menos en la Democracia. Es un asunto de
naturaleza estrictamente económico. Es por ello que afirmamos desde el inicio,
que la salida al descrédito de la Democracia no puede ser buscada en lo
económico, sino en lo político. ¿Qué queremos y pretendemos con esto? Resaltar la esfera política, independientemente de los efectos negativos de la
economía. A eso llamamos repolitizar la
política. Queremos repolitizar la sociedad porque aspiramos hacer ver a
través de ella misma, que la legitimidad cuestionada del sistema democrático no
ha sido originada por fallas imperfectas per se del mismo sistema, sino más
bien, por la irresolución de algunas de sus instituciones en adaptarse a las
demandas originadas por la globalización.
Se deben generar valores en defensa de la
política desde la política misma. Si la Democracia puede hallar en si misma
instrumentos y acciones que contribuyan en su fortalecimiento, estaremos
evitando que los efectos de otros actores o de otra naturaleza, permeen su
sostenibilidad y se le atañen como resultados deficiente de aquella.
Latinoamérica necesita avanzar en el
fortalecimiento de sus instituciones democráticas. La herencia insuperada con
el pasar de los siglos, producto de las bases débiles de la constitución de
nuestras Repúblicas, aunado al aparecimiento de nuevos nacionalismos-populistas
fundamentados en reconocimientos verídicos de grupos sociales excluidos, nos
invita inexpugnablemente a fortalecer el sistema democrático a través de la
generación de la confianza de los ciudadanos en las instituciones. A mayor
medida que los ciudadanos puedan creer en el sistema democrático y sus
instituciones, en menor medida se inclinarán por opciones que se coloquen por
encima de la Libertad.

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